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[ASÍ ES] LA TRANSGRANCANARIA 125K

En inglés hay un término que me encanta, la ‘bucket list’, aquella lista de carreras que todo buen aficionado al trailrunning debe hacer por lo menos una vez en la vida. Creo que, por historia y recorrido, la Transgrancanaria es una de ellas y, tras hacer la maratón el año pasado, en 2018 era mi turno. Esta es una guía sobre lo que te vas a encontrar en esos 125 km y 7.000 metros de desnivel positivo de punta a punta de Gran Canaria, con varios consejos desde un punta de vista amateur para lograr llegar de una pieza a la meta de Maspalomas. Ya sabes ‘Una Meta, un Sueño’. Ahí va mi sueño. 

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La Transgrancanaria fue creada en octubre de 2003, lo que le supone ser una de las ultras pioneras en el mundo. Con los años ha sabido poner unos buenos cimientos y crecer hasta convertirse en un evento de talla mundial con 4.000 corredores distribuidos en 6 carreras y con algunos de los mejores expertos en la larga distancia. Aunque en el 2018 parte de los focos informativos estaban puestos en una Advanced que era el Campeonato de España de Trail de la RFEA, la prueba reina sigue siendo la de 125 km, que forma parte del Ultratrail World Tour. Puedo aseguraros que el nivel es altísimo y desde el primer minuto tienes la sensación de estar corriendo en la Champions del trailrunning.

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La edición de 2018 contaba con una novedad importante que hipoteca gran parte de la carrera: abandona la salida de Agaete para volver a la playa de Las Palmas de Gran Canaria. He estado en la carrera en los años como prensa y la salida me parecía muy bonita y recogida, pero algo estrecha y caótica en cuanto a la movilidad. En este sentido el cambio me parece todo un acierto: no nos costó nada aparcar, hay un montón de bares en los que puedes tomarte tranquilamente un café antes mientras esperas, la entrada en la línea de meta fue fluida y al salir por la playa te permite colocarte tranquilamente en tu posición sin tapones ni agobios. Todo ello aderezado con la emocionante música de Los Gofiones, los fuegos artificiales y mucha gente a lo largo de los primeros 2-3 km, que hacen que sea una de aquellas salidas que ponen la piel de gallina. Ni siquiera el hecho de correr por la playa juega en contra: a priori pensaba que costaría avanzar o que se me metería arena en las zapatillas, pero al estar mojada por la marea se corre muy bien y no hacen falta polainas.

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El material obligatorio y recomendado para la carrera

Otra de mis preocupaciones antes de la carrera era, como no, el material. Uno de los aciertos de Transgrancanaria es que piden poco material obligatorio, pero debes tener en cuenta que vas a correr de noche en puntos altos que pueden ser ventosos, húmedos y fríos. Cosas como un buen chubasquero, los guantes y un buff son obligatorios, pero la alerta por posible temporal que hizo retrasar la maratón del viernes al sábado nos puso a todos en jaque. La organización amplió el material recomendado a los pantalones impermeables, pero yo no los había traído, y mientras íbamos a la salida estaba lloviendo. Al final opté por no salir con camiseta térmica y solo llevar manguitos y acerté. El tiempo se moderó, no llovió y tuvimos una noche clara, aunque muy húmeda y algo ventosa. Al final solo me puse el chubasquero en algunos momentos en los que estaba bastante arriba y hacía viento. Otra cosa de la que no soy muy amigo son los bastones, pero creo que en esta carrera son prácticamente imprescindibles. Además de todo esto salí con mis geles Powerbar (uno cada dos horas alternando Hydro con cafeína y Original), el magnesio líquido (un vial cada dos horas), pastillas de electrolitos (en cada avituallamiento un bidón de agua y otro con pastilla), gominolas y tres barritas. Un Buff, un frontal Petzl Nao, una batería de recambio, y la luz roja trasera completaban el equipo.

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La larga primera noche, una de las claves y el gran handicap

La tercera cosa a la que le di muchas vueltas antes de la carrera era el hecho de salir a las 11 de la noche. Creo que supone un handicap muy grande, ya que desde el minuto 1 vas con déficit de sueño. En este sentido prefiero las ultras que empiezan pronto y a las que llegas habiendo dormido, aunque sea muy poco. Pero estas son las cartas con las que había que jugar y no tenía mucho sentido obsesionarse. Mi estrategia era salir un poco fuerte y tratar de hacer el máximo camino mientras fuera de noche, pero teniendo cuidado en las bajadas para no cometer algún error fatal. Los primeros 20 km son muy rápidos y te permiten correr bien, por lo que iba muy por encima de mis previsiones. Aunque la primera parte es muy pedregosa y con bastante asfalto, pronto vas entrando en una zona boscosa y húmeda en la que es muy agradable moverte. La  temperatura a primera hora era ideal para correr, pero a medida que iba entrando la noche e íbamos ascendiendo la sensación de frío aumentaba. En algunas partes muy concretas en las que soplaba el viento llegué a ponerme el impermeable Bonatti, pero en general fue muy soportable. Tras Arucas, llega la primera gran subida hacia Teror y allí, en el km 27, acometes otra pequeña ascensión que da paso a una bajada y el ascenso hasta Moya. En esta zona me empezó a fallar el frontal y se me encendieron todas las alarmas. Hacía mucho tiempo que no lo usaba y teóricamente había configurado la batería para 8 horas, pero llevaba apenas 5 y ya se había agotado. Lógicamente tenía otra de recambio y paré en la oscuridad a cambiarla, pero me quedaban por lo menos tres horas más de noche y no tenía la total certeza de que llegaría a la meta de día. Maldije internamente por no haber sido más precavido y preciso en este sentido, pero por otro lado servía de muy poco preocuparse de aquello ahora. Una de mis máximas en carrera es no darle vueltas a cosas que no puedes solucionar al momento y tratar de pensar en positivo.

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Una vez arriba tras esta subida llega el que para mi es el descenso más peligroso y técnico de la carrera. Se trata de un camino angosto, con mucha vegetación y piedra, que serpentea hasta un barranco y en el que es muy fácil despistarse y hacerse daño. De hecho vi a un par de corredores caer y yo mismo me fui una vez contra las hierbas y otra me torcí un tobillo y casi rompo un palo. La bajada se me hizo pesada y llegué abajo con unas ganas locas de poder volver a correr en plano. Incluso de subir. Pronto me arrepentiría.

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La última parte de la noche y el espectacular amanecer

Hacia el km 47 empieza la primera gran subida de la Transgrancanaria, la que nos pasa por la presa de Los Pérez camino hacia Artenara. Ahí el cansancio sale de la cueva. En los avituallamientos anteriores ya había visto a algunos corredores de élite retirarse y en el que hay a mitad de la ascensión me encontré a un par más. En la subida había pasado a Emelie Lecomte, una de las favoritas, completamente fundida, y era evidente que tras casi una noche entera corriendo la dureza de la carrera empezaba a sacar los dientes.  Yo físicamente iba bien de piernas y con fuerza en las subidas, pero empezaban a dolerme bastante la planta de los pies. Demasiado pronto. En los avituallamientos bebía mucho y vigilaba la hidratación, pero fui comiendo poco: apenas alguna barrita, frutos secos, fruta y dátiles. No me entraba mucho más.

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Después de estas subidas tan largas se agradece poder volver a correr y, tras coronar la cima, mi camino hacia Artenara se vio adornado por un precioso amanecer. Sin duda fue uno de los mejores momentos de la carrera. Por contra, a esa hora la sensación de sueño ya apretaba y me sentía algo vacío de fuerzas. Claramente, tocaba hacer una parada un poco larga en Artenara. Estábamos en el km 63, la mitad exacta de la carrera, y si me daba un poco de prisa podía salir de ahí en 9 horas. Bastante dentro de mis previsiones. Hay que decir que el avituallamiento era espectacular. Los voluntarios, superamables en todo momento, me rellenaron los bidones a la vez que miraba lo que había para comer. “Niño, prueba este arroz” escuché, mientras veía una espectacular paella. Y ahí que fui. Espectacular. Además pude hablar un poco de la carrera con Sergio Garasa, el popular periodista conocido como Mayayo, que llevaba toda la noche de jarana currando y seguía al pie del cañón. La suma de todo ello me dio fuerzas y me levantó  el ánimo para encarar la segunda mitad de la carrera.

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La salida del avituallamiento también fue muy emotiva, ya que eran las 8 de la mañana y a las 9 partía de allí la Advanced, la carrera de 64 km en la que había un cartel espectacular al ser Campeonato de España. El pueblo más alto de la isla estaba inundado de corredores que acababan de llegar en las guaguas y que me animaron muchísimo. Una de las anécdotas divertidas fue encontrarme a Armando Texeira, un excorredor de Salomon al que dos años antes yo le había hecho la asistencia en esta mimsa carrera. El portugués corrió incluso un rato conmigo, me animó y me preguntó si necesitaba algo entre risas. Pero pronto dejé atrás el bonito pueblo, volvió el silencio y el dolor de pies. Por delante había una dura subida antes de descender a Tejeda, un pueblo de postal a los pies del imponente Roque Nublo.

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Por allí el sueño empezaba a pasar factura, ralentizando los movimientos y afectando la toma de decisiones. Llegué más o menos bien al avituallmiento, pero apenas comí pensando que ya había repuesto fuerzas pocos km. antes. Además, se me estaban acabando todos los geles y barritas Powerbar, ya que tenía la bolsa de vida en Garañón, el siguiente avituallamiento. Entre todo eso y que el Roque Nublo se veía cerca, apenas paré. Y me equivoqué. Además, sabía que los primeros de la Advanced llegarían pronto, por lo que en ese tramo empecé a ir muy pendiente de mi espalda para no entorpecerles. Aún tardaron más de lo esperado y enfilé la subida al Roque con otro corredor de la ‘larga’, pero al cabo de media hora fueron llegando. Pasaron dos corredores solos y luego un grupito de cuatro en el que estaba Pablo Villa, mi excompañero en Salomon y amigo. Aflojó un momento para hablar conmigo e incluso bromeamos, en lo que para mi fue uno de los momentos más emotivos de la carrera. Luego me enteré que había ganado y me alegré mucho por él.

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La ‘pesadilla’ del Roque Nublo

Pronto el goteo de los primeros se convirtió en una marea de gente que llegaba subiendo a fondo con apenas 16 km en las piernas. Yo llevaba casi 80, estaba agotado y, aunque no quería entorpecer a nadie, al final acabé muy cansado de tener que pararme y apartarme constantemente. Además, claramente me fallaban las fuerzas en subida y me di cuenta que iba vacío del todo. Comí la última barrita que me quedaba (que curiosamente era con sabor a pizza -Bella Italia- y me supo a gloria) y pillé un poco de fuerzas para llegar al Roque, la parte con la que siempre había soñado al hacer la Transgrancanaria. Sin embargo, para cuando llegué allí la marabunta de corredores de la Advanced que iban y venía era brutal, los pies me dolían un montón y tuve que hacer un buen tramo andando. Me encontraba bastante mal y la llegada a Garañón, aunque eran apenas tres km, se me hizo eterna. Llegué a pensar por primera vez que igual no podría continuar y tendría que abandonar, pero en esos momentos hay que tener la cabeza fría y pensar en positivo. O, por lo menos, de manera práctica.

 

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El imponente Roque Nublo, fotografiado por el gran Ian Corless

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Estaba claro que en el Garañón tocaba hacer una parada larga, comer y beber mucho (pasta y caldo), cambiarme de zapatillas y calcetines, y recuperar fuerzas. A esas alturas el panorama en el avituallamiento no era muy esperanzador: había pocos corredores, vi a un par durmiendo bajo mantas térmicas y a otro retirarse. Sin embargo, aún con la parada larga podía salir de ahí en 13 horas, con lo que me quedarían unas 6 para hacer el último maratón. Bajar de las 19 horas, mi objetivo más ambicioso, era posible. Salí del avituallamiento con mucho frío tras haber estado parado, pero claramente renovado a nivel de fuerzas y aliviado de los pies al haber cambiado de zapatillas. Tras el error anterior al no alimentarme, aquí claramente había acertado.

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Creo que un buen consejo si quieres hacer la TGC 125 es correr antes la maratón, los últimos 42 km de la prueba. Eso te prepara mentalmente para el tramo más duro y que todo el mundo teme. Yo la había hecho en 2017 y había bajado de 4 horas, pero estaba claro que ahora iba a ser muy diferente. Tras el Garañón hay una pequeña subida hasta el Pico de las Nieves y luego un tramo precioso que llanea. De ahí se encara la bajada zigzagueante y adoquinada de la Vía de la Plata que puede ser un suplicio si vas mal de piernas. El mío eran los pies y me lo tomé con mucha calma, vigilando los tobillos y dejando que pasaran bastantes corredores de ambas carreras. No es una situación agradable, pero creo que una ultra así tienes que dejar el orgullo a un lado, tener la mente fría, saber donde puedes arriesgar y donde no, y, por  encima de todo, no cometer errores absurdos que te puedan costar el abandono.

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Ese tramo se me hizo largo pero sabía que era de lo peor que me quedaba. Una vez llegas al siempre animado avituallamiento de Tunte sabía que me venía una subida fuerte, en la que se entra el en Parque Natural de los Pilancones y en la que adelanté a mucha gente (incluso de la Advanced) que iba ya cansada. Con paciencia, pero con determinación y fuerza, fui superando metros y desnivel antes de encarar la bajada (más larga pero menos exigente que la anterior) hasta Ayaguares. El último tramo acaba en asfalto entre dos presas y permite correr bastante, aunque ahí ya ves a mucha gente andando completamente agotada. Yo empezaba a ir tocado de piernas, pero animado porque en ese punto solo quedaban 15 km, tienes muy claro que salvo desastre vas a acabar. Además, acabar de día y por debajo de 19 horas era factible.

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La larga agonía de los últimos km

Recuerdo encontrarme en ese avituallamiento de Ayaguares a amigos y conocidos como Judith Franch, Manu Vilaseca (con la que había corrido mucho rato) o Joui Moj que habían abandonado. Les pregunté y ellos me animaron, diciendo que iba bien y que ya lo tenía, pero mi respuesta fue que ya solo tenía ganas de acabarlo. Sabía que me venía una larga subida en pista, que el año anterior había corrido por completo, y que esta vez solo pude hacer andando rápido con los palos. Aún así, adelanté a gente. Llevaba 17 horas corriendo sin dormir y estaba terriblemente cansado. El siguiente tramo llanea y ya te va metiendo en el temido último barranco, 10 kilómetros por una riera pedregosa en la que debes estar superconcentrado para no hacerte daño. El problema es que me notaba agotado, torpe y dormido y me daba miedo torcerme el tobillo. Siempre me pasa: cuando estoy tan cerca del objetivo me invade el miedo de que un pequeño error lo eche todo al traste. Además, vi a varios corredores parados tras haberse torcido el tobillo y una chica se abrió una tremenda rodilla delante mío al tropezar en una piedra.

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Los últimos km, aunque eran en bajada, se hicieron interminables. Y así, bastante machacado y agotado, entré en Maspalomas, donde fue emocionante ver a tanta gente, voluntarios y corredores de otras carreras animarme y felicitarme. Presentía que era posible bajar de 19 horas y apreté los dientes pese al ahora ya terrible dolor en las piernas y los pies. La gente se cree que los que hacemos estas cosas somos muy fuertes física y mentalmente, pero yo personalmente en esos momentos me suelo ver de manera lamentable, completamente vapuleado y destrozado por la carrera. Por no hablar de que, teniendo en cuenta la gran distancia con los primeros (Pau Capell había ganado en menos de 13 horas), como corredor te sientes malísimo, del montón. Pero por otro lado para mi aquello era un triunfo. Tras lesionarme en 2013 en la planta de los pies hubo algunos podólogos que me dijeron que nunca podría a volver a correr más de dos horas seguidas. Me negué a aceptarlo. Estuve un año casi parado y me di cuenta de como echaba de menos poder entrenar para estas carreras, poder vivir estas aventuras, asumir estos retos, cumplir estos sueños. Y crucé la meta de Maspalomas en 18h54′. Y por todo ello, aunque no soy una persona muy emotiva, recuerdo que lo primero que hice fue apoyarme sobre los palos y lloré. Aún ahora no sé si era de alegría, de dolor, de alivio por parar de correr o una mezcla de todo, pero sé que fue uno de los momentos más intensos de mi vida deportiva. Y creedme, por mucho que se sufra, vale la pena. Y sí, duele. Duele mucho. Pero al final son sensaciones, son vivencias, son recuerdos, son sueños que hemos tenido durante años. Una meta, un sueño, reza el lema de Transgrancanaria. Y estos sueños son los que nos mantienen vivos.

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