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[ASÍ ES] La Ultra de la Haría Extreme

Enmarcada en el precioso paisaje de Lanzarote, la Haría Extreme se ha situado en muy poco tiempo entre las carreras de trail más apetecidas y conocidas de España. En apenas siete años este pequeño pueblo del norte de la isla ha sido capaz de crear hasta cuatro distancias diferentes (10, 23, 44 y 94 km) y de atraer hasta a 1.300 corredores de 32 nacionalidades diferentes. La fiesta posterior a la carrera, el cariño de sus organizadores y la directora Susana Gómez y los lugares emblemáticos que recorre la convierten en una prueba ideal para cerrar la temporada en noviembre o para iniciarse en el mundo de las ultras. Así es la Haría Extreme.

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Haría es un tranquilo pueblecito del norte Lanzarote situado a media hora del aeropuerto, Arrecife. Una buena opción de alojamiento es en Arrieta, un municipio con playa situado a 15 minutos en coche por el que pasaremos durante la carrera, aunque personalmente siempre soy más partidario de alojarme en el centro neurálgico de la prueba para evitar idas y venidas en las horas anteriores. La ultra arranca el sábado a las 7,15 de la mañana desde el Parque Natural de Timanfaya, por lo que se parte a las 5 desde Haría o desde otros puntos de la isla en autocar. Tras una hora de viaje llegas a destino y tienes unos 75 minutos antes de la salida, así que es ideal ir desayunando por el camino. La salida es con luz natural y debes contar con unas 11 horas de luz natural, por lo que si prevés hacer más tiempo ten claro que vas a usar el frontal seguro.

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Un idílico ocaso en el tranquilo pueblo de Haría

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La Cicar Ultra tuvo en la edición de 2016 una distancia de 100 km que se redujeron a 94 en 2017 tras recortar el bucle a Órzola. Con esta distancia es verdad que los 3.000 metros de desnivel positivo no parecen mucho, pero hay que ir con cuidado porque es una carrera que tiene trampa. En este sentido ya adelanto que creo que es una prueba ideal para alguien que se quiera iniciar en la ultradistancia, ya que cuenta con un buen clima, pasas constantemente entre zonas habitadas (por si tuviéramos que retirarnos o para recibir ayuda externa) y, sin ser fácil, no tiene un terreno excesivamente técnico o exigente.

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La salida entre camellos es muy bonita, peculiar, con personalidad, y deja paso a unos 40 kilómetros en los que se puede correr a galope tendido. Los primeros compases transcurren por pistas amplias de arena volcánica, por lo que es fácil pillar un sitio cómodo, sin embudos, y alcanzar una buena velocidad de crucero. El peligro en esta parte es pasarte de frenada, ya que se sale muy rápido y luego se puede pagar. Aunque por mi parte también soy partidario de ganar el máximo tiempo posible al principio y luego administrarlo. En una ultra puede parecer que yendo lento guardas más energía, pero en el fondo cuanto más tiempo estés en liza más desgaste vas a sufrir, así que hay que encontrar un equilibrio: ir siempre reservando fuerzas y con una marcha menos, pero no encantarse ni perder tiempo.

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Los 20 kilómetros iniciales son muy agradables, en un paisaje precioso, por pistas de arena negra volcánica y con constantes cruces con los espectadores, que pueden seguir fácilmente en varios puntos a los corredores. En 2017 hizo una temperatura perfecta y pude salir en manga corta, aunque si hace un poco más de frío no están de más los manguitos. Por otro lado, antes de la carrera yo iba muy focalizado en el tema calor, hidratación y sales (próximamente haré un artículo más detallado de la alimentaciçon), y la verdad es que a lo largo de la mañana el ambiente fue muy agradable, pero hay que vigilar porque se suda más de lo que parece.

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A partir del km. 20 se entra en un paisaje más desértico, que en algunos momentos puede recordar incluso a la Marathon des Sables. Una de las peculiaridades de la carrera es la variedad del terreno, que irá desde arena fina blanca, a la más gruesa negra, piedras volcánicas, rocas de playa… En cuanto a las zapatillas, no es preciso nada de taco y creo que sí es aconsejable bastante amortiguación. En mi caso corrí con las S-Lab Sense Ultra y me sentí supercómodo. También vi bastantes Hokas y creo que son una buena opción.

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La salida entre 300 camellos desde Timanfaya es uno de los encantos de la carrera

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La otra cosa que hay que tener en cuenta es que se trata de una ultra para gente a la que le guste correr y no se agobie con la pista, porque sobre todo en la primera mitad va a ser una constante. Puedes encadenar hasta 5-6 horas corriendo sin parar más que en avituallamientos, con el machaque para las piernas que eso supone, y viendo delante de ti un largo camino que a veces se hace interminable. En contraposición, es sobrecogedor estar tanto rato en silencio y corriendo solo por un terreno que te permite levantar la cabeza y admirar el paisaje o sencillamente escuchar los susurros de las olas. La bajada hacia Caleta Famara por la costa es terriblemente bonita y nos llevará incluso a escasos metros de unos bañistas cuyas miradas oscilan entre la curiosidad, la admiración y la sorpresa. Esta es otra de las características de la Haría: hasta ahora nunca había pasado en carrera entre medio de playas llenas de bañistas.

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En este punto es donde la ultra converge con el recorrido de la Maratón y donde empieza el verdadero ‘baile’. Tras 45 km con apenas 600 metros de desnivel positivo y constante matraqueo en las piernas, llega la subida al Lomo Cumplido, que al principio es por pista pero rápidamente se torna agreste y extenuante. Aunque a estas alturas puede hacerse realmente dura, creo que en cierta manera es hasta agradable dejar de correr y poder caminar un rato. Personalmente me pareció un ascenso fuerte, pero muy bonito. Una vez arriba es importante beber bien y reponer agua en el avituallamiento, antes del descenso hasta Arrieta por un tramo que combina pistas con senderos costeros y que se puede hacer más largo de lo esperado. La llegada a la localidad costera es ‘divertida’ ya que pasas literalmente por la playa donde la gente está comiendo en restaurantes y te anima mientras piensas en como te cambiarías por ellos. Luego rodeas la costa por las rocas, a tocar del agua, en un tramo entre delirante y divertido, antes de llegar al avituallamiento. Allí hice la parada más larga, unos 10 minutos, para beber bien, comer algo sólido y reponer geles en la bolsa de vida que puedes dejar en la salida. Para mi quizás este es el punto crítico de la prueba, ya que llevas 65 km en las piernas, 7 horas de machaque constante (en mi caso) y te quedan 30 km por delante con 1.500 de desnivel positivo. Además, el siguiente avituallamiento está a 15 km, así que hay que tomar precauciones. De hecho, aquí llené un soft flask extra que llevaba vacío y salí con 1,5 litros de líquido. No me sobró nada.

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Los 15 km, después de Arrieta, los más peligrosos

La salida de Arrieta pasa por lugares como un puente en el que te tienes que agachar para cruzar por debajo, caminos estrechos con márgenes y tramos un tanto ‘sucios’ o poco agradables. Una subida corta, pero muy intensa, deja paso a un tramo de llaneo con falsa subida en el que, con el estómago lleno y en plena digestión, me costó horrores superar. Quizás fue mi peor tramo con diferencia de la Haría. Además pronto entramos en el Malpaís, una zona que se avisa como ‘muy técnica’ y que deja paso a unos 2 km de roca suelta, camino estrecho y poco limpio, casi sin sendero evidente, en el que hay que vigilar mucho de no caer o torcerse los tobillos. Seguramente nos llevaremos unas buenas rascadas en las piernas como souvenir. Tras esta parte llega una larga subida hasta el Mirador del Río por una pista bastante amplia, pero en la que a estas alturas cuesta mucho correr. Es frustrante estar en un tramo corrible, arrancar y parar a los 100 metros porque estás agotado. 

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El pedregoso terreno de Lanzarote supone un reto constante

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El Mirador del Río, en el km. 80, supone un oasis en el desierto. Te encuentras a mucha gente, puedes beber, cargar fuerzas y arrancas por unos agradables kilómetros de bajada en asfalto que te permiten activar piernas y mirar anonadado las vistas a la derecha de La Graciosa, la bella isla que hay al norte de Lanzarote. El respiro no dura mucho, ya que pronto cruzaremos el margen para enfilar el camino de Las Gracioseras, un descenso duro y serpenteante sobre un montón de piedras volcánicas que en muchos momentos me recordó a la bajada de Tazacorte en la Transvulcania. Este camino tiene una historia preciosa e importante para las poblaciones de la zona, ya que era el que hacían de subida y bajada las mujeres que iban a buscar el pescado que venía de La Graciosa. Imaginarse a esas valientes subiendo cargadas a diario por ese angosto camino me provocó una profunda oleada de respeto. 

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Pese a que suelo sufrir en las bajadas, la verdad es que lo llevé bien. Eso sí, es una zona en la que debes tener extremo cuidado con los tobillos entre tanta piedra suelta. Tras llegar a nivel de mar enfilamos un camino hacia la izquierda que pronto empieza a ascender gradualmente. De hecho, es el momento que llevo horas, incluso meses, esperando. La subida a Guinate. Esa cuerda, esa lengua de lava volcánica petrificada, ese lugar que ha hecho grande a Haría y a la carrera. Pero esa cuerda hay que ganársela. Porque para llegar a ella, con 89 km en las piernas, debes ascender un tramo corto pero terriblemente duro y empinado en el que en muchos puntos no hay ni camino, solo las marcas. Tan extenuante es que lo hice casi a todo a 4 patas, tirando de lo que tenía dentro y peleando por cada centímetro. Por momentos tenía la sensación que si me levantaba me iba a caer hacia atrás.

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Finalmente un griterío me hizo levantar la cabeza y cambiar mi cara de esfuerzo por una sonrisa. Decenas de personas estaban arremolinadas alrededor de una cuerda a la que me aferré con todas mis fuerzas. Saboree cada paso, agradecí cada grito y al llegar arriba toqué con fuerza la campana antes de enfilar los últimos 4 kilómetros hacia Haría. Allí, en el risco de Famara, pude presenciar la puesta de sol más bonita que he visto nunca en una carrera, un momento de belleza en medio del profundo cansancio que sentía y que hizo que todo hubiera valido la pena. Si no hubiera estado apretando a contracorriente para tratar de llegar antes de que se hiciera de noche, me hubiera parado y habría hecho una foto.

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No sé si fue este objetivo ciego de no ponerme el frontal o el subidón del momento, pero lo cierto es que acabé fuerte, a muy buen ritmo. Antes de bajar al pueblo había una última pequeña subida-trampa y luego ya se enfilaba el descenso hacia el pueblo por alfombras de arena volcánica. En la penumbra y entre un extraño silencio para el tramo final de una carrera, llegué a Haría para vivir otro momentazo: el abrazo con mi amigo Depa, para mi el mejor speaker del mundo. Fue un cierre perfecto para una gran aventura, una ‘excursión’ de 94 km por Lanzarote que recordaré siempre. Bueno, el cierre cierre… no. Antes había que pasar por la famosa fiesta de Haría. Pero eso ya es otra historia 😉  

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